"Bienvenidos a esta tierra que es pequeña y se hace grande..."

Así cantaban quienes recibieron en el aeropuerto a los primeros misioneros de la Comunidad que llegaron a Puerto Rico, pequeña isla en el Caribe conocida por sus hermosas playas y la generosidad de su gente. Fue un 8 de junio de 1997 cuando las historias de nuestra Comunidad y de este pueblo se encontraron y comenzaron a entrelazarse.

Nuestra misión está ubicada en la ciudad de Arecibo, al noroeste de Puerto Rico. Su Excelencia Mons. Iñaki Mallona, Obispo de Arecibo, nos acogió en junio de 1997 manifestándonos su confianza y exhortándonos a ser para este pueblo “sal y luz de la tierra”. Nuestra misión tiene a su cargo la Parroquia Nuestra Señora de Fátima y sus diversas capillas: Nuestra Señora del Carmen, La Inmaculada Concepción, San Francisco y La Milagrosa. No obstante, desde un principio hemos querido que nuestra presencia aquí sirva a la realidad de toda la isla con sus cerca de 3.5 millones de habitantes. Así lo hemos venido haciendo por todos estos años.

El pueblo puertorriqueño, desde sus inicios culturales, ha integrado la fe católica como modo de entender su vida y de relacionarse con Dios. El puertorriqueño vive su fe en lo concreto y cotidiano, siendo solidario en el dolor y alegre en la fiesta, cuando de celebrar la vida familiar y colectiva se trata. La cultura puertorriqueña está marcada por un profundo sentido comunitario que “no deja a nadie fuera de la fiesta” ni permite que “se sufra en la soledad”. De su corazón brota un fuerte sentido fraterno y solidario con los más pobres y marginados, que es reflejo de una profunda certeza grabada en su corazón: Dios es el Padre providente y misericordioso de todos. 

El puertorriqueño ha sabido expresar estos fuertes sentimientos comunitarios y solidarios con una frase muy suya, ¡Ay bendito!, expresión que brota de un corazón conmovido ante la realidad del pobre y desamparado. La evangelización y la práctica de la fe en Puerto Rico han estado siempre muy unidas al amor a la Virgen María. Esto queda evidenciado por los templos, santuarios y monumentos, así como las prácticas de piedad y fiestas populares en honor a Ella.

No obstante y aún con este fuerte sentido religioso de la vida, el pueblo puertorriqueño vive hoy la agresiva penetración y presencia del materialismo, el consumismo, la dependencia económica y la búsqueda del placer inmediato. Estas nuevas realidades han venido acompañadas de la indiferencia religiosa y de un cierto relativismo moral que afecta a la sociedad. Esta indiferencia religiosa y relativismo moral se expresan por momentos con mucha agresividad, pretendiendo imponer una visión de la fe reducida al espacio privado e individual de la persona. Esta imposición violenta la identidad y conciencia comunitaria y solidaria del puertorriqueño. Así hoy, en gran medida, el drama del puertorriqueño es su lucha por la sobrevivencia de aquellos aspectos que más profundamente definen su identidad católica, solidaria y comunitaria.

Por otro lado, la penetración del materialismo y el consumismo ha traído sus efectos negativos en la vida familiar y social. La violencia con sus múltiples manifestaciones es expresión de esta realidad. La familia está al acecho por los altos índices de divorcio y violencia familiar. La ausencia de relaciones esponsales con bases sólidas se manifiesta principalmente como ausencia del padre y en una particular manera de educar a los hijos, carente de figuras y prácticas de autoridad. Esto a su vez se refleja en problemas graves de indisciplina escolar y en una identidad débil e insegura entre los jóvenes. Como regla general, la falta de madurez afectiva y sexual de la juventud puertorriqueña afecta su sano desarrollo, limitando sus capacidades de entrega y sacrificio generoso a causas nobles y solidarias. Por otro lado, los suicidios, el alcoholismo y la drogadicción son sólo algunas otras manifestaciones de los altos índices de enfermedades mentales en la sociedad puertorriqueña en general.

Dios nos ha llamado a vivir en medio de este pueblo. Nos ha llamado a hacer nuestras sus grandes contradicciones y sus más altas aspiraciones de continuar siendo fiel al Evangelio de Jesús. Durante estos años hemos desarrollado juntos múltiples iniciativas para amar sin fronteras: 

  • Actividades de animación misionera en las parroquias de todas las diócesis
  • Retiros Emaús, Jeshuá y Caná
  • Campamentos de trabajo para jóvenes
  • Envío de vagones de ayuda humanitaria
  • Educación a la solidaridad en escuelas y universidades
  • Casa sin Fronteras

Con el esfuerzo y ayuda de tantos hermanos de la Comunidad, contamos ya con nuestro Centro Misionero, estructura única en su clase y en sus objetivos en toda la isla. Nuestro Centro es lugar de encuentro para ofrecer una formación sólida a nuestros jóvenes y a las familias, a la vez que seguimos desde él generando iniciativas de solidaridad hacia otros pueblos. 
          
El encuentro de nuestra Comunidad con el pueblo puertorriqueño ha sido uno de varios bellos descubrimientos mutuos de sendos dones que Dios nos había concedido. Miramos con asombro cómo Dios mismo preparó este encuentro, a la sombra de estos dones, para que nos reconociéramos en la unidad.

Con este deseo en el corazón queremos seguir construyendo familia con estos hermanos entre quienes el Señor nos ha enviado.

COMUNIDAD MISIONERA DE VILLAREGIA
P.O. BOX 667
SABANA HOYOS - PUERTO RICO 00688-0667
U.S.A.
Tel.: 1-787-880-1603
e-mail: cmvar@libertypr.net